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De guerra del petróleo a guerra del agua

Por: Héctor Rodríguez Pimentel, ingeniero de RD.

Mientras la guerra amenaza las plantas que convierten el agua del mar en potable en Medio Oriente, la República Dominicana —rica en lluvias y ríos— enfrenta otro desafío: aprobar de una vez la Ley de Aguas y construir las presas necesarias para no desperdiciar su ventaja natural.

Por décadas el mundo creyó que las guerras en Medio Oriente giraban únicamente alrededor del petróleo. Pero hoy, en medio del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos, empieza a revelarse una realidad aún más inquietante: el agua también ha entrado en la línea de fuego.

La región más árida del planeta depende de una tecnología que para muchos países sería solo una alternativa, pero allí es cuestión de supervivencia: la desalinización del agua del mar.

Gigantescas plantas industriales instaladas en las costas del Golfo Pérsico toman agua salada y la convierten en agua potable para millones de personas.

Sin esas plantas, ciudades enteras simplemente no podrían existir.

Hoy Kuwait obtiene cerca del 90 % de su agua potable del mar, Omán alrededor del 86 %, Arabia Saudita aproximadamente 70 %, mientras que Israel produce entre el 70 % y el 80 % de su agua potable mediante desalinización.

Bahréin, Qatar y Emiratos Árabes Unidos dependen también en gran medida de estas instalaciones.

Por eso, cuando una bomba o un dron impacta una planta desalinizadora, no se destruye solo una infraestructura industrial: se amenaza el suministro de agua para cientos de miles o millones de personas.

Ya se han reportado daños a plantas de agua en la región como consecuencia directa de ataques militares.

El mensaje estratégico es claro: el agua se ha convertido en un objetivo vulnerable en la guerra moderna.

Esto introduce un nuevo factor de riesgo para Medio Oriente.

La destrucción de refinerías o puertos puede disparar el precio del petróleo.

Pero la destrucción de plantas desalinizadoras puede provocar algo peor: una crisis inmediata de agua potable.

En el Golfo Pérsico hay países donde las reservas de agua dulce natural prácticamente no existen. Si la desalinización se interrumpe por varios días, las ciudades pueden enfrentar problemas sanitarios, interrupciones industriales y hasta crisis humanitarias.

En otras palabras, la guerra energética puede transformarse rápidamente en una guerra hídrica.

La lección para República Dominicana

República Dominicana no necesita hoy beber agua del mar para sobrevivir.

A diferencia del Medio Oriente, nuestro país dispone de abundantes lluvias, ríos, acuíferos y algunas presas que abastecen algunas ciudades, parte de la agricultura, generación hidroeléctrica y al turismo.

Sin embargo, eso no significa que estemos completamente seguros.

El verdadero desafío dominicano no es la desalinización, sino el almacenamiento del agua que la naturaleza nos regala.

Cada año millones de metros cúbicos de lluvia terminan perdiéndose en el mar por falta de presas, reservorios y sistemas adecuados de gestión hídrica.

Mientras en Medio Oriente gastan miles de millones de dólares para convertir agua salada en potable, nosotros dejamos escapar agua dulce que cae del cielo.

Por eso el país necesita con urgencia una política nacional del agua que la trate como un recurso estratégico.

La guerra actual está demostrando algo que el mundo deberá entender cada vez más: el agua se está convirtiendo en uno de los recursos más estratégicos del siglo XXI.

La crisis que hoy se vislumbra en Medio Oriente deja una lección clara para países como la República Dominicana.

Allá, donde casi no llueve y los ríos son escasos, el agua potable depende de complejas plantas que transforman el agua del mar en agua apta para el consumo humano. Cuando la guerra amenaza esas instalaciones, millones de personas pueden quedarse sin agua en cuestión de días.

Nosotros, en cambio, tenemos una bendición natural: lluvias abundantes, ríos importantes y grandes acuíferos subterráneos.

Pero esa ventaja solo será útil si sabemos administrarla.

Durante más de 20 años el Congreso dominicano ha tenido pendiente la aprobación de una Ley de Aguas moderna, capaz de ordenar el uso, protección y planificación de nuestros recursos hídricos.

Esa ley no es un simple trámite legislativo. Es la base para una política nacional del agua que establezca reglas claras sobre conservación de cuencas, manejo de acuíferos, distribución del recurso y planificación a largo plazo.

Necesidad

Junto a esa ley, el país necesita dar un paso decisivo: impulsar un programa nacional de construcción de presas y reservorios.

República Dominicana podría perfectamente desarrollar entre 8 y 10 nuevas presas estratégicas que permitan almacenar el agua de las lluvias para garantizar el abastecimiento humano, la producción agrícola, la generación hidroeléctrica, el desarrollo turístico y la seguridad hídrica de las próximas generaciones.

El agua que hoy se pierde en el mar podría convertirse mañana en alimento, energía, empleo y desarrollo.

La guerra en Medio Oriente nos recuerda algo fundamental: el agua es un recurso estratégico de seguridad nacional.

Allá luchan por producirla a partir del mar. Aquí, donde el cielo la derrama generosamente, lo que falta es voluntad política para almacenarla, protegerla y administrarla correctamente.

Porque en el siglo XXI, la verdadera riqueza de las naciones no será solo el petróleo que tengan bajo tierra, sino el agua que sepan guardar para su pueblo.

jpm-am

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