Por: Néstor Estévez, comunicador y locutor de RD.
La trampa que mejor funciona es precisamente la que no parece trampa.
El uso de internet se abrió al público como una gran promesa de libertad. La dispusieron como una red abierta donde las personas podrían conectarse, conversar y compartir sin intermediarios. Durante los primeros años de expansión digital, la idea era seductora: más conexión significaba más comunidad, para seres que necesitamos vivir en comunidad.
Así llegaron los correos electrónicos, los foros, los blogs, en fin, una especie de territorio nuevo donde cualquiera podía participar en la conversación pública.
Pero el cuento ha cambiado. Sin que muchos lo advirtieran, la estructura de esa red comenzó a transformarse. La investigadora holandesa J. van Dijck, en su análisis sobre la cultura digital contemporánea, señala que en poco más de una década ocurrió un cambio profundo: pasamos de una comunicación en red a una socialidad organizada por plataformas.
Puede sonar técnico, pero sus consecuencias son muy serias. En los primeros tiempos de la web, las herramientas digitales funcionaban como canales abiertos. Los usuarios decidían cómo utilizarlas: crear grupos, intercambiar mensajes o compartir contenidos. La tecnología facilitaba la interacción, pero no la dirigía completamente.
Con la llegada de la llamada web 2.0, ese escenario comenzó a modificarse. Plataformas como Facebook, Twitter o YouTube dejaron de ser simples portadores de mensajes y se transformaron en infraestructuras que moldean la interacción social. Ya no se limitan a permitir la conversación: la organizan, la estructuran y la orientan.
Van Dijck llama a este fenómeno “socialidad por plataformas”. La expresión describe un cambio decisivo: nuestras conversaciones, vínculos y expresiones ya no ocurren únicamente entre personas, sino dentro de sistemas diseñados para registrar, ordenar y dirigir esas interacciones.
La diferencia es fundamental. En la comunicación en red, la tecnología era un medio. En la socialidad por plataformas, la tecnología se convierte en arquitectura de la vida social.
Veámoslo en la vida cotidiana. Hace no tanto tiempo, actividades como conversar entre amigos, compartir una fotografía o comentar una idea eran actos efímeros que ocurrían dentro de pequeños círculos. Hoy esas mismas acciones quedan registradas, cuantificadas y visibles para audiencias potencialmente masivas, y además desconocidas.
Lo que antes era pasajero ahora se convierte en dato. Las plataformas no solo facilitan la interacción: también la codifican. Cada clic, cada “me gusta”, cada comentario alimenta sistemas algorítmicos que organizan la visibilidad de la información y, al mismo tiempo, generan valor económico.
Amigos, seguidores, visualizaciones y reacciones pasan a ser indicadores que ordenan la vida digital. La popularidad se convierte en una variable cuantificable y, por tanto, manipulable. Pero hay un detalle que suele pasar desapercibido: en esa transacción, los usuarios terminamos siendo la mercancía.
Me explico. Las plataformas operan dentro de un ecosistema económico donde la información sobre los usuarios tiene un enorme valor. Por eso la interacción humana se convierte en materia prima para sistemas que procesan datos, segmentan audiencias y orientan flujos de información. De ahí su empeño en que permanezcamos dentro de ellas.
Por eso después de un contenido entretenido aparece otro más atractivo. Y luego otro. Y otro más. Cada clic permite conocer mejor nuestras preferencias. Ese conocimiento se convierte en “oro molido” para quien quiera vendernos algo. Para ellos, el negocio resulta redondo.
Y para que así sea, tienen su clave. Porque cuando la interacción se organiza alrededor de métricas de popularidad, la conversación pública tiende a privilegiar lo inmediato, lo emocional y lo fácilmente compartible. Lo complejo pierde espacio. Lo reflexivo compite en desventaja frente a lo viral.
Aclaro. No te invito a demonizar las plataformas. Hoy forman parte esencial de la infraestructura social contemporánea. Influyen en la manera en que las personas se informan, construyen relaciones y participan en el debate público.
El problema no es su existencia. El problema es no comprender su lógica, su trampa. Porque cuando nuestras conversaciones ocurren dentro de estructuras controladas por plataformas privadas, otros terminan influyendo en cómo circula la información y cuáles contenidos adquieren mayor visibilidad.
Por eso concluyo preguntando. ¿Queremos que internet siga siendo un espacio de encuentro entre personas? ¿O aceptaremos, sin cuestionarlo, un mundo donde la vida social queda cada vez más programada por plataformas?








