Por: Odelis Alsina, ejecutiva de ventas de RD, residente en NY.
Durante años se nos dijo que era imposible. Que los dictadores nunca caían. Que el poder absoluto siempre encontraba refugio en la geopolítica y el silencio internacional.
Hoy, esa narrativa empieza a resquebrajarse.
Los reportes en desarrollo que indican que Nicolás Maduro se encuentra bajo custodia en la ciudad de Nueva York, a la espera de enfrentar cargos federales en Estados Unidos, marcan un punto de inflexión histórico no solo para Venezuela, sino para el continente.
Y este punto de quiebre tiene un nombre propio: Donald Trump.
Ruptura del paradigma de la impunidad
La posible detención de Maduro no surge de la nada. Es la consecuencia directa de una doctrina política clara impulsada durante la presidencia de Donald Trump: los regímenes autoritarios vinculados al crimen organizado no serían tratados como actores políticos, sino como estructuras criminales.
En 2020, bajo su administración, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos formales contra Maduro y altos funcionarios de su entorno por narcotráfico, terrorismo y conspiración criminal transnacional. Por primera vez, un jefe de Estado en funciones fue señalado abiertamente como líder de una organización criminal, rompiendo décadas de diplomacia complaciente.
Trump no buscó consensos diplomáticos; impuso consecuencias.
Y ese giro estratégico es lo que hoy explica este momento histórico.
Maduro no es solo un hombre, es un sistema criminal
El nombre de Maduro representa:
- un Estado capturado por redes ilícitas,
- instituciones convertidas en herramientas de represión,
- millones de venezolanos empujados al exilio,
- y una nación devastada por la corrupción y el miedo.
Durante años, organismos internacionales documentaron ejecuciones extrajudiciales, torturas y persecución política, mientras buena parte de la comunidad internacional optaba por la ambigüedad.
La diferencia hoy es que alguien decidió actuar.
Óscar Pérez: la memoria que la historia se negó a enterrar
Este momento no puede entenderse sin recordar a Óscar Alberto Pérez, quien en 2017 se alzó contra el régimen denunciando la traición del Estado venezolano a su pueblo.
Óscar Pérez fue ejecutado pese a pedir rendición. No hubo juicio. No hubo debido proceso. Intentaron borrar su nombre. No lo lograron. Hoy, su causa resuena con más fuerza que nunca.
El mensaje que trasciende Venezuela
El mensaje es inequívoco: No es s solo una advertencia para Venezuela.
Es un precedente para todos los líderes que creen que pueden aplastar a sus pueblos y negociar su salida en la oscuridad.
A la historia no se le engaña
Esta editorial no nace de la euforia, sino de la memoria:
- de los que murieron,
- de los que huyeron,
- de los que aún esperan justicia.
Si hoy Nicolás Maduro enfrenta a la justicia internacional, es porque un pueblo resistió, y porque una decisión política firme —impulsada desde Washington bajo la presidencia de Donald Trump— rompió el círculo de la impunidad.
La justicia puede tardar. Puede ser imperfecta. Pero cuando llega, reordena la historia.
Y hoy, la historia empieza a corregirse.











