Por: Petra Saviñón, periodista de RD.
Cuando el contacto con los amigos de la niñez, con los compañeros de primaria queda suspendido y pasan años antes de volver a verlos, es común que haya quienes entiendan que el tiempo ha causado destrucción… en los otros.
Esa imagen de muchachos, de chiquillos grabada en la memoria parece que es también la que el espejo devuelve a algunos, que tienen fijada la época de juventud, sin enterarse de que el rostro que ven en ese cristal no es el que observan los otros.
Por eso no comprenden por qué les dicen doña, don, señor, señora y hasta doñita, papá, mamá y les ceden los asientos en el transporte público.
Es cierto que para unos el tiempo tarda en pasar, les favorece y asombra su porte para su edad, a otros demora en llegarle y les cae de repente en la cara y en el resto del cuerpo. A un grupo más les toma temprano.
El caso es que unos entran en una negación tal que les duele pensar en la vejez y reaccionan irritados a comentarios sobre su edad o su aspecto.
Tal vez a los que más punza es a aquellos a los que los años parecían olvidar y acostumbrados a que les digan que no aparentaban su edad, de golpe hasta los creen mayores.
Encima, como si tratase de una componenda, llegan voces de cualquier lado que les recuerdan esa pesadilla de que el tiempo está ensañado con martirizarles.
Qué terrible es entonces vivir para pensar en lo que no fue no hecho, en que pasó la juventud sin saber qué era la vida, como aquella vieja canción y en que transcurrió la existencia sin disfrutarla.
Sí, duele, sobre todo ahora que a la gente le ha dado por hacer grupos de Whatsapp para reunirse y recordar andanzas y claro, subir fotografías.
¡Ayyy, los años!







