Por Néstor Estévez, periodista y locutor de RD.
Muchas veces se ha advertido: hay gente jugando con la democracia, jugando con fuego. Los resultados de Latinobarómetro 2026 obligan a subir el tono de esa alerta. Antes, el problema era la inconformidad de muchas personas con políticos y gobiernos. Pero ahora sigue en aumento la población dispuesta a aceptar salidas que pueden debilitar la propia democracia.
La primera señal viene del Estado: la genera una sensación de aumento del abandono estatal hacia la ciudadanía. Según la reputada publicación, el 73 % de los latinoamericanos considera que, durante los últimos tres años, el Estado ha hecho poco o nada por ellos y sus familias. En 2011 pensaba así el 63 %.
Eso se entiende mejor cuando miramos lo que dice Latinobarómetro sobre los servicios. Solo el 40 % está satisfecho con la educación pública; con los hospitales, apenas el 28 %; con la justicia, el 22 %, y con la policía, el 30 %. Para mucha gente, el Estado aparece cuando cobra impuestos, pero desaparece cuando necesita respuestas.
Aquí comienza un peligro mayor. Si las instituciones no resuelven problemas, la ciudadanía pierde confianza. Y cuando esa pérdida dura demasiado, aparecen personas dispuestas a cambiar derechos por promesas de resultados rápidos.
Latinobarómetro 2026 revela que sólo el 47 % de los dominicanos apoya la democracia como sistema de gobierno. Además de un notable descenso de ocho puntos en los dos últimos años, en República Dominicana, ese respaldo es inferior al promedio de América Latina, que se sitúa en 52 %.
También están en crisis los partidos en la región. Apenas el 15 % confía en ellos y el 76 % dice no sentirse representado por su Congreso o Parlamento. Sin embargo, el 55 % considera que no puede haber democracia sin partidos y el 74 % considera indispensables las elecciones. Aquí hay una contradicción que es muy recomendable estudiar: queremos democracia, pero desconfiamos de quienes están llamados a ejercer un rol de principalía al momento de hacerla funcionar.
Un serio peligro
Aquí hay un serio peligro porque ese vacío abre paso al personalismo. Cuando los partidos dejan de representar ideas, comunidades y sectores sociales, comienzan a convertirse en vehículos para una persona. Entonces importa menos el programa y más el personaje; menos el equipo y más la imagen; menos la institución y más quien promete resolverlo todo, aunque a la hora de la verdad termine haciendo nada.
A eso se suma una nueva batalla: la información. La televisión ha perdido peso y las redes sociales ocupan cada vez más espacio en la conversación política. El problema es que el 76 % de los latinoamericanos percibe información falsa circulando por esas plataformas.
En ese ambiente, distinguir verdad y mentira puede resultar difícil. Un video manipulado, una fotografía creada con inteligencia artificial o una falsedad repetida miles de veces pueden influir en lo que creemos. Y cuando votamos sobre mentiras, nuestra libertad de elegir también queda afectada.
¿Qué hacer entonces?
La primera tarea corresponde al Estado: demostrar que funciona. Eso significa mejores escuelas, hospitales, seguridad, justicia y servicios públicos. Hay que pasar del dicho al hecho porque no basta con simples discursos. La ciudadanía necesita comprobar que sus instituciones sirven para mejorar su vida.
La segunda tarea corresponde a los partidos. Necesitan recuperar su función de representar, formar dirigentes, escuchar comunidades, escoger mejores candidaturas y rendir cuentas. Si solo aparecen para las elecciones, seguirán perdiendo legitimidad y dejando espacio a proyectos construidos alrededor de figuras individuales.
La tercera tarea nos corresponde a todos: aprender a verificar información, desconfiar de aquello que busca provocar reacción inmediata o simplemente entretener para mantenernos desviados de lo esencial. Necesitamos enseñar a niños y jóvenes – y a muchos que ya no lo son, pero se comportan como si lo fueran- a moverse responsablemente en el mundo digital.
La democracia latinoamericana conserva fortalezas. Las elecciones todavía cuentan con amplio respaldo. Pero esa reserva puede agotarse si el Estado continúa fallando y la política sigue alejándose de las personas.
El desafío no consiste únicamente en conservar la democracia. Consiste en lograr que funcione, represente y produzca resultados sin sacrificar libertades. Porque cuando la democracia deja de funcionar, aunque aparezca alguien ofreciendo respuestas fáciles, termina saliendo demasiado caro.









