“Una voz le decía matáte”. El esposo de la joven hallada degollada en el patio no salía del estupor ante el atroz hecho. En esa comunidad rural la asistencia en salud mental es precaria, los mismo que en que las marginadas de las urbes. Tampoco contaba con orientación sobre estas patologías.
La limitación para enfrentar esos escollos no es superada solo con unidades de intervención, que son escasas. Es menester educación, que la gente aceda a información que le permita comprender a estos enfermos y tender una red de solidaridad.
Pero obvio es que el punto cardinal es la atención médica, la garantía de que la salud, derecho inalienable, será protegida y que todos los habitantes de este país no tendrán que mendigarla ni andar en condiciones deplorables por la calle, con ropa sucia, y hasta desnudos.
Esta pandemia afecta a personas de todas las edades y ya no son los adultos en promedio de 40 a 60 años los que inclinan la balanza nefasta. Ahora incluso menores de edad deambulan desorientados, zarrapastrosos.
La creencia de que los locos, término ahora despectivo, viven mucho no tiene ningún asidero. Al contrario, su calidad de vida es menguada por el mal, aunque vivan bajo un techo y en un hogar que les resguarde, que les ame.
Pero el caso de los que aún tengan vivienda y familia no hallen comprensión solo rechazado y hasta agresión, como si fuesen los culpables de cargar tan pesada cruz.
Más trágica la situación de los enajenados que ya no tiene ni cobijo ni parientes. O tal vez no sea así y encuentran un refugio en andar sin rumbo, sin noción, una liberación del maltrato sufrido en el núcleo que debe propiciar amor.






